El suelo que hay bajo vuestros pies se está moviendo muy rápido. En el ecuador, la Tierra rota a más de 1.500 kilómetros por hora durante las veinticuatro horas del día, al tiempo que orbita alrededor del Sol a más de 100.000 kilómetros por hora.

Si quisierais retroceder en el tiempo y viajar al día de ayer, la Tierra se encontraría en otro lugar. Incluso si retrocedierais en el tiempo un segundo, el suelo que pisáis se habría movido casi medio kilómetro. En un segundo.

El motivo por el que todas las películas sobre viajes en el tiempo carecen de sentido es que la Tierra se está moviendo constantemente, siempre. Si retrocedes un día en el tiempo, no apareces en el mismo lugar. Apareces en el inmenso vacío del espacio exterior.





Hay un hombre aquí, fuera de esta casa que da a la playa de La Xanga. Mira el mar. Yo juraría que no es el mismo que he visto antes de acostarme todas las noches de mi infancia. No porque el agua haya adquirido otra tonalidad ni porque el rumor de las olas sea más fuerte. Todo permanece intacto. Sin embargo, ya no refleja a la niña que se detenía al final del espigón. Ni tampoco a mi hermano, el niño que siempre tenía miedo. Miedo a nadar, a las medusas, al frío del agua y a los monstruos que podían aparecer de improviso en las profundidades. 

El mar es el mismo, pero nosotros hemos cambiado.